Tratos con la mafia

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El Músico Invisible #2. Por Pedro Bellora.

Los tratos con la mafia nunca resultan bien. Parecen buenos al comienzo, pero siempre terminan complicándose.

Viste cómo es… tenés un problema que parece ser gravísimo, y desde la oscura noche surge un personaje misterioso que ofrece una mágica solución. Sin pedir nada a cambio, simplemente ofrece quitarte el problema de encima. No te dice cómo es que va a solucionar esta cuestión pero, la verdad sea dicha, cuando uno está desesperado tampoco se preocupa por hacer mayores preguntas.

El problema desaparece, con métodos tan cuestionables como efectivos, pero el personaje no tarda en volver. El timbre suena en mitad de la noche, y sin ningún rastro de lo que antes era amabilidad, te dice “ahora soy yo el que necesita un favor”.

Ya no podés decir que no. Hiciste un trato con la mafia, y eso nunca termina bien.

En fin, con el ego a veces pasa algo similar.

Imaginémonos el siguiente escenario: tenés tiene ganas de crear algo bueno, pero más allá de esfuerzos y largas horas invertidas, nada parece cumplir con las expectativas. Después aparece alguien que dice “qué bueno eso que hiciste”, y es un manantial de agua fresca al que es difícil resistirse. Pero en creerse ese halago ocurre algo que, al menos en mi experiencia, puede ser muy peligroso. Te identificás con el resultado y, al aceptar que ese halago es para vos, estás diciendo “eso es mío”. Y eso (en el sentido que hablamos en la columna anterior) proviene de un lugar mucho mayor que nosotros mismos.

Si alguien te comenta “ayer vi una película y la pasé muy bien”, ¿eso significa que es mérito tuyo? Y si alguien te dice “me encantó ese texto que leíste”, ¿es mérito tuyo el simplemente haber leído algo que otro escribió?” Y si lo que dice es “qué lindo eso que descubriste/inventaste/creaste, ¿hasta qué punto ese logro te pertenece? ¿podrías haberlo logrado sin ser parte de algo infinitamente más grande que esa partecita que se alegra con un simple halago? ¿o que se mortifica frente a una crítica?

Parece extraño negar la posibilidad de alegrarse con un halago, pero lo que estoy diciendo es que si querés evitar lo malo de hacer tratos con la mafia, una buena manera es directamente no hacer tratos con ella.

Al negar la parte supuestamente buena, evitás la contrapartida. Al liberarse de la identificación con los resultados, podés centrarte en el proceso. Podés sacrificar esa molesta necesidad de cumplir expectativas que, vengan de adentro o de afuera, son solo impedimentos en el acto creativo. Y ni que hablar si lo que te dice el otro no es un “qué lindo lo que hiciste”, ¡sino todo lo contrario!

La creatividad tiene más que ver con llevar una concretar una idea, que con tener una idea. Mientras menos estés involucrado en ese camino, mientras más te concentres en ser el mensajero de algo más grande, en vez de ser el dueño del mensaje, mejor será para que la idea se exprese a si misma a través tuyo… o, dicho en otras palabras, para que el timbre que suene en mitad de la noche no sea un problema, sino una solución.

 

 

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