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Símbolos

Por Cristian Kloster

Es un clásico que las ciudades turísticas tengan ciertos íconos por las que son reconocidas. Dichos emblemas pueden ser arquitectónicos, históricos, paisajísticos, geográficos, de toda índole.

Hace un tiempo encontré un almohadón que sabía sintetizar en pocos gráficos la esencia misma de la ciudad de Los Ángeles: el Teatro Chino, el Observatorio Griffith, el cartel de Hollywood, el edificio rulero de Capitol Records, las torres eléctricas Watts, el futurista restaurant del aeropuerto LAX, más algún que otro emblemático símbolo.

Allí estaba todo, o casi todo, lo que uno debía saber sobre historia y atracciones de la ciudad.

Eso me hizo pensar en nuestro Bariloche querido y rápidamente, al hacer el ejercicio, aparecieron los referentes turísticos más característicos: el Llao Llao, el Centro Cívico, el teleférico del Cerro Otto, la cima del Catedral, el lago Nahuel Huapi, el muñeco de nieve, etc. Pero bien, esas referencias son aquellas por las que Bariloche es conocido en el mundo, o por las que queremos que sea conocido. Deseamos que todo turista que pise nuestra ciudad recorra algunos de esos símbolos tan distintivos de nuestra región y cultura.

Sin embargo, hay un Bariloche íntimo, un Bariloche puertas adentro, que es el que vivenciamos todos los que habitamos en él.

Un Bariloche del día a día, de todo el año, de todos los años. Y hay símbolos y códigos muy nuestros que también nos sirven como referencias, pero que son complejos de explicárselos a algún foráneo, por ejemplo. La pregunta que me hacía es: ¿cuáles serían aquellos símbolos o íconos barilochenses que no podrían quedar afuera a la hora de presentar un mapa de atracciones para los mismos vecinos? El desafío suena atractivo, y me hizo sumergir en prolongadas charlas, buscando unificar criterios y ver, además, si existían esos lugares comunes de los barilochenses.

Lamentablemente, aquello que imaginábamos como obras estructurales de los últimos años, no han llegado a instalarse socialmente. De hecho, algunas nunca se concretaron o concluyeron. La anhelada bici-senda, la Mitre peatonal o la fuente de aguas danzantes de la rotonda del Ñireco no lograron constituirse en representación simbólica de la ciudad. Tendremos que conformarnos, por el momento, con objetos y espacios más sencillos, menos pretensiosos: las garitas para esperar el colectivo, el growler o botellón para recargar cerveza, un colilargo, las bajadas en zigzag, o una chaqueta amarilla.

En principio, otro fenómeno que nos identifica es la superpoblación canina que deambula suelta por las calles de la ciudad. Sabemos que se trata de algo muy típico en gran parte de Sudamérica, pero lo que asombra es la cantidad. Los perros sueltos e, incluso, los que tienen dueño y habitan parques o jardines, suman un cuantioso poblamiento. Más allá de los riesgos y las amenazas que estos provocan, en todo sentido, es innegable que se trata de una particularidad, y que Bariloche potencia la demografía canina.

Por las noches, los coros de aullidos y ladridos se esparcen por distintos barrios. La comunicación entre los perros trasciende las veredas, y los mensajes llegan desde una punta a otra de la ciudad. La mayoría se especializa en acechar los tobillos de motociclistas y transeúntes, a pesar de la inverosímil advertencia tranquilizadora de algún propietario en alusión a su can: “No hace nada, es bueno, le gusta jugar”.


En las épocas de las Fiestas, ya parece ser un clásico el arbolito navideño que se ubica en el Centro Cívico, y que tiene como particularidad colocarse justo sobre el monumento a Julio A. Roca. De hecho, esta decoración oficia de telón para esconder, al menos por unos días, tan polémica estatua. El caballo y el general quedan, literalmente, dentro del árbol. Es llamativo, porque bien podría construirse al lado. Sin embargo, parece una decisión ex profesa.

De todas maneras, y aludiendo a nuestro análisis que hoy nos convoca, sin dudas el espíritu navideño barilochense se pone de manifiesto en el arbolito que se enciende, cada año, en el barrio Ñireco, y que hoy ya es parte del recuerdo. Una familia vecina decidió, hace dos décadas, hacer un aporte decorativo a la ciudad, en el marco de sus posibilidades y alcances. Esa estructura piramidal encendida parece representar más fielmente nuestro espíritu de cara a las Fiestas de fin de año. La historia, tan típicamente barilochense, concluyó hace un par de temporadas, cuando la familia decidió dejar de encenderlo por falta de apoyo y en reclamo de mayor compromiso comunitario.

Las calles de tierra son un paisaje cotidiano en Bariloche. Y esto también es un detalle que llama la atención, especialmente de los visitantes. La ciudad tiene pavimentada solo un escaso porcentaje de su ejido municipal. Eso constituye, además, un modo de vida que requiere convivir con los autos sucios y deteriorados, las nubes de tierra que levantan los coches al pasar, el polvo incesante ingresando a las viviendas, y un estado de calles casi siempre cercano a lo insufrible. El asfalto se encuentra solo en arterias principales del centro de la comuna. Sin necesidad de alejarse mucho, a solo 6 cuadras del Centro Cívico, ya hay calles de tierra (Anasagasti y Morales, por ejemplo).
Las retamas y los lupinos vienen cada año, cerca del verano, a darnos un colorido y un relieve especial. Convierten los paisajes y los caminos en un cúmulo de sensaciones.

Entre ellos, ahora también afloran los carritos de chipá, los food trucks, los puestos de choripanes, las bocas de expendio móviles de verduras, tortillas, bondiolas, falafel o sushi. El colorido de estos carros ambulantes de comida le da un estilo particular a las rutas y avenidas. Es promisorio saber que la estética y la higiene parecen ser muy consideradas a la hora de captar la atención de los transeúntes. Se han visto modelos tan coquetos que están listos para un desfile de carrozas.

Y otro objeto típicamente barilochense es la mochila. No solo la utilizan los turistas, los alpinistas, o los que piensan en acampar. La mochila es utilizada por propios y ajenos, locales y visitantes, nacidos y traídos. Posiblemente se trate del objeto más representativo de la indumentaria local. Escasean las carteras, los portafolios ya pasaron a la historia, los bolsos nunca resultaron: el barilochense prefirió y se quedó con la mochila. En diferentes formatos y diseños, algunas más sofisticadas que otras. Gente que llega al centro desde los kilómetros, empleados que no vuelven a sus hogares hasta última hora del día, madres que acopian elementos para varios integrantes de la familia, jóvenes que además de la escolaridad embolsan sus actividades extracurriculares, etc. Deténgase un momento en alguna esquina a observar este detalle y se sorprenderá de la cantidad de gente que luce en sus espaldas una mochila. Ni hablar de los montañeses, que parecerían cargar en esos inmensos morrales años enteros de historia de la humanidad.

Las bolsas ecológicas de los supermercados intentaron romper el monopolio de la mochila, pero solo fueron una leve amenaza.

 

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