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Pajarito de alto vuelo

El ex pugilista Hugo Hernández evoca momentos de una vida marcada por el boxeo
Por Christian A. Masello. Fotos retrato de Mariano Pose.

 Julio Cortázar era amante del boxeo.

Precisamente, uno de sus tantos cuentos memorables es Torito, inspirado en Justo Suárez, boxeador que falleció de tuberculosis tras haber deslumbrado a la afición argentina sobre fines de la década del veinte y principios de la del treinta.

Cortázar nació en Bruselas, Bélgica, pero a ningún despistado se le ocurriría decir que era belga.

Incluso, más allá de que el presidente Mitterrand le diera la ciudadanía francesa, nadie osaría decir que el escritor era francés.

Cortázar, más allá de la múltiple nacionalidad que otorgan las Letras, era, es y será argentino (porteño con la erre arrastrada).

En fin, esta introducción boxística/literaria viene a cuenta de que si algún confundido pretende afirmar que Hugo Hernández (para todos Pajarito) es bahiense, por haber nacido en Bahía Blanca, debería tomar clases de cómo se define la pertenencia a una tierra.

   Pajarito es, por el rumbo que tomó su vida en la infancia más tierna (la niñez es la patria del hombre), pero sobre todo por elección, barilochense.

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Su madre era de Bariloche, pero, por esas cosas de la vida, residió un tiempo en Bahía Blanca y allí vino al mundo Hugo, que cuando tenía unos seis años se asentaría con su familia en suelo barilochense.

Pero antes, en la ciudad que lo vio nacer había tenido serios inconveniente físicos. “De pibe tenía una pierna más corta que la otra –explica el boxeador–, un problema de cadera, estuve dos años con un yeso tipo pantalón, de la cintura para abajo, y un palo de escoba en el medio, porque no podía caminar.”

Así, con el tiempo, el gimnasio se presentaría como una forma de fortalecer el cuerpo. Pero, cuando comenzó a pegarle a la bolsa, le entró el gustito por el deporte de los puños. “Me puse los guantes, me gustó y seguí”, cuenta él.

Cabe destacar que eso de deambular por el cuadrilátero no era una excentricidad en el ámbito donde se movía: “El boxeo siempre estuvo presente en mi familia”, indica. “Mi papá era boxeador, y mis hermanos también.”

   Pajarito hizo una carrera descomunal dentro del deporte amateur. Luego, como rentado, vendría un nuevo cambio de rumbo:

“Me hice profesional en Bariloche, donde realicé un par de peleas, pero después me fui a Mendoza. Había llegado a un tope y dije ‘tengo que aprender más’, por eso fui a aquella ciudad, donde había mejor escuela. Luego volví a Bariloche, porque es mi lugar”.

Hernández se retiró en diciembre de 1992. Su último combate fue en Catamarca. “Antes de la pelea, ya sabía que sería la última”, relata. “Me cansé de entrenar, de cuidarme para dar el peso… Además, por esa época había promotores nuevos con los que no tenía contrato y no me gustaba cómo se manejaban. Tenía 32 años y no quise saber nada más de pelear.”DSC_3869

Finalizaba una carrera brillante dentro de los súper ligeros, repleta de victorias y con apenas unas pocas derrotas.

Sin embargo, la gente, que en la actualidad suele acercársele para mostrarle afecto, por lo general le recuerda un traspié.

Hay combates que traspasan la fascinación del aficionado clásico.

   En el caso de Pajarito, ese enfrentamiento, que la mayoría le trae al presente casi veinte años después de la fecha en que se produjo, es uno llevado a cabo en el Luna Park.

Hernández venía con un record casi perfecto. Sólo tenía un revés, sufrido frente al mexicano Rene Arredondo en un combate de eliminación rumbo a una chance mundialista. Pero esa bofetada al orgullo había quedado atrás y por ese entonces ya se hablaba de una pronta chance por el título, oportunidad que se retrasaba por un solo motivo: todos temían sus golpes, que dado el castigo que producían eran comparados con cuchilladas.

“En ese momento yo ya tendría que haber luchado por el campeonato mundial, pero no se daba”, rememora Pajarito. “Ninguno de los dos campeones, ni el del Consejo ni el de la Asociación, querían pelearme.”DSC_3875

Y entonces apareció Juan Martín “Látigo” Coggi, que de él se trata, el verdugo de Hernández.

Ante un desafío, Pajarito no se hizo el distraído y aceptó el convite: “Yo quise pelear con él”, afirma.

El calendario marcaba 25 de octubre de 1986, cuando un Luna repleto vio con sorpresa cómo Coggi ponía nocaut a Hernández en el tercer round.

La historia es conocida. Rápidamente Látigo tendría una posibilidad por el título que no desaprovecharía y Pajarito nunca alcanzaría la suya.

   Hoy, entre risas, Hernández señala que, cuando se cruza con alguien que le pregunta por esa pelea, él dice: “Yo de ésa no hablo, cuento las victorias, que ese combate lo narre el que me lo ganó”.

Pero más allá de esa derrota, resulta incomprensible que Pajarito jamás tuviera su oportunidad mundialista. Incluso tras haber hecho una notable actuación en una pelea de semifondo en una de esas veladas internacionales donde brillan los carteles y los dólares y, en teoría, son la mejor vidriera para el salto definitivo al estrellato.gal-204758

El 25 de octubre de 1990, el argentino noqueó a un tal Musonda Chinungu, oriundo de Zambia, en el primer round, en el Mirage de Las Vegas, en el mismo ring en que minutos más tarde Evander Holyfield le hiciera escuchar la cuenta de diez en el tercer asalto a James “Buster” Douglas (que venía de derrotar, ante la sorpresa de todos, a Mike Tyson).

“Eran otras épocas”, analiza Pajarito. “Había sólo dos campeones mundiales por categoría. Mi promotor era Tito Lectoure, y se ve que él no podía llegar más allá, por eso se dieron las cosas así. Ahora cualquier organizador de boxeo te arma una pelea y cualquiera combate por el cinturón mundial, hay como veinte mil títulos… es raro.”

gal-204759   Pero más allá de no haber lucido los oropeles de ocasión, los seguidores del pugilato todavía lo citan como un ejemplo, y los más memoriosos incluso mencionan enfrentamientos de su época de amateur, cuando, por ejemplo, combatió dos veces con el recordado Ubaldo “Uby” Sacco. “Terminamos una y una, pero, en la que le dieron ganada, yo lo había tirado tres veces: me robaron mal. Como profesional, no me quiso pelear”, sintetiza Hernández. Cabe recordar una frase que en su momento soltó Uby al referirse a Pajarito: “Pega como un animal”.

   A propósito, ¿qué origen tiene el apodo de Hernández?: “Cuando era pequeño me decían Pájaro Loco, porque tenía los pelos parados. Después pasaron a llamarme Pajarito porque era muy chiquito”.

Y la pequeña ave, desde aquellos años infantiles, donde las dolencias físicas arremetían y nada hacía prever un futuro tan fructífero en el deporte, vaya si levantó vuelo.

int-204757 En la actualidad, cuando los años de titulares en periódicos y revistas especializadas quedaron atrás, Hugo todavía está vinculado al arte que se traza en el ring.

“Trabajo en la Municipalidad desde hace 14 años, como profesor de boxeo; doy clases en centros comunitarios”, informa.

Más allá de que añora los tiempos en que Bariloche, según explica, era “la segunda plaza boxística del país, cuando Bomberos Voluntarios estaba detrás sólo del Luna Park”, tiene esperanza de que el box renazca en la ciudad.

“Hace  falta un gimnasio para que vayan los chicos a entrenarse y no paguen un peso”, destaca. “El boxeo, como todo deporte, da una posibilidad, es una salida más, una oportunidad para progresar.”

 

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