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Micky Ruffa: perfil de un sobreviviente

El conductor de “Más vale tarde que nunca”, el exitoso programa que sale por el canal 3 de AVC, desnuda su alma.

AVE

        jardín de las provocaciones

        con tus flores embrujadas de perdones

AVE

        peregrinos

        sin destinos

        no fue en vano esperar

                         sobre la tierra alada

 

Fernando Noy

 

Micky Ruffa.

Hombre/mujer.

Transformista.

Conductor televisivo.

Estado civil: casado.

Padre.

Personaje.

Ciudadano de Bariloche.

Sobreviviente.

Todo esto es verdad. Y hay más. Siempre hay más.

“Nací en Buenos Aires hace cuarenta y pico de años”, se presenta, con un dejo de coquetería; no quiere que se sepa su edad justa.

“Mi infancia empezó en San Cristóbal; con mi familia, luego, nos trasladamos a La Boca, donde estaba mi abuela materna; después, Parque Patricios”, dice acerca del derrotero de sus años iniciales.

Bariloche fue el destino de su viaje de egresados. “Algún día viviré aquí”, pronosticó cuando vio la prepotencia del paisaje.

Y así fue.

   Corría el año 2000 cuando arribó para quedarse, con una propuesta rupturista para una ciudad siempre algo pacata.

Escapaba de un pasado donde los vicios habían sido protagonistas.

“No escondo nada. Todo exceso existente pasaba por mí. Por suerte, aquello quedó atrás”, señala.

Pero aclara: “No te voy a mentir, en algún momento he vuelto a incursionar en la oscuridad, sería negador decir lo contrario… Pero ha pasado mucho tiempo. Son cosas que suceden y que uno, ahora, las puede contar como anécdotas…”.

“No daré ningún discurso; la moralina barata no me gusta”, asevera, para después suspirar: “Por suerte, los excesos, en la actualidad, están lejos de mí”.

¿Cómo llegamos a la temática de desenfreno, escándalo y otras yerbas?

En una charla con Micky, cuando los ochenta y noventa caen sobre la mesa sin pedir permiso, de sopetón, el interlocutor tiene que estar preparado para oír nombres de sitios que sirven como coordenadas de un mapa indeleble en su personalidad, reptil dionisíaco e invisible en sus entrañas.

De movida, cita como lugar emblemático al Parakulural, un espacio fundamental para la cultura underground de la primavera alfonsinista: “Todos estábamos ahí, lo llamaban el sótano de la calle Venezuela… Eran varios pisos, una locura… La noche…”.

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Y el glosario se ensancha:

  • Ave Porco: el concepto de este boliche, que estaba ubicado en plena avenida Corrientes, era que las personas son mezcla de pájaros y chanchos. Como el puerco no puede ver el cielo, en el establecimiento decidieron ponerle alas. La aventura terminó a fin de 1999.
  • Morocco: disco/restaurante; un ambiente que transpiraba sexo. Cerró sus puertas en 2001.
  • El Dorado: popular café varieté porteño donde, en la década del noventa, era posible ver a Franco Macri dejar una propina descomunal tras haber cenado fideos fríos y durazno de lata.

Esa era la geografía nocturna por donde se movía Micky.

Aquel que a los trece años se había vestido de mujer por vez primera (“Fue en una comparsa; éramos un grupito de chicos que lo hicimos como un juego”), luego de pasar por el Centro Cultural Rojas y la Escuela Nacional de Arte Dramático, con el virus de la actuación ya dentro suyo, aterrizó en un ambiente de brillo, descontrol y lentejuelas.

   Su bautismo en los escenarios había ocurrido a los ocho años, cuando, en una obra de teatro llamada “El arca de Noé”, hizo de corderito. Pero sería esa nocturnidad pecadora la que le descubriría la magia que se vive al caminar las tablas.

Entre bambalinas, se mezclaban Batato Barea, Humberto Tortonese, Alejandro Urdapilleta, Las Gambas al Ajillo… nombres emblemáticos de una cultura fuera del foco tradicionalista.

Más allá de aquel debut temprano en una comparsa, su estreno en escena con ropajes femeninos se produjo con el poeta Fernando Noy (“la” Noy), cuyo abuelo fue uno de los guapos del Abasto que Enrique Cadícamo menciona en “El cantor de Buenos Aires” y Jorge Luis Borges cita en “El idioma de los argentinos”.

“Noy tenía que recitar un poema y me pidió que actuara, de alguna manera, su texto. Me vestí como una especie de libélula, porque los versos hablaban de una mariposa, y me puse a aletear”, recuerda Micky entre risas.

“En ese momento, todo era alegre”, apunta, para luego recordar a Urdapilleta, el notable actor que falleció en 2013: “Era una amigo del alma, un personaje increíble, admirable, gracioso…”. Justamente, para ejemplificar el tipo de festividad que se vivía en la Buenos Aires under y noventosa, acude a una anécdota protagonizada por aquel artista: “Nunca olvidaré la vez que, en Ave Porco, antes de salir a actuar, me miró y dijo: ‘Mirá lo que voy a hacer…’. Agarró una botella de vodka y se la tomó entera, después pegó unos trompos, se subió al escenario completamente borracho, y así hizo la obra”.

   “En esa época los excesos formaban parte de la diversión, hoy seguramente vería aquello desde otro lugar, pero en aquel momento…”, suspira. “Lo que hacíamos era una locura.”

Pero, junto a los devaneos con el diablo, estaba la creatividad artística.

En enero de 1999, cuando se enteró de que hacían un casting para una película en la que necesitaban a alguien que interpretara a un travesti, se calzó un pantalón ajustadísimo, se puso un top con pechos armados, se ató el pelo, se pintó pese a que el calor reinante derretía el maquillaje, y fue.

“Golpeé la puerta y directamente dije: ‘Soy Jennifer’, que era el nombre del personaje, un travesti prostituido, que hacía autostop en la ruta porque quería llegar a Chile para hacerse la operación de cambio de sexo. Mientras que los otros que habían ido eran, en su mayoría, travestis, yo tenía la ventaja de que era un actor que se vestía de mujer.”

Al mirar a Micky, el director, Luis Sampieri, asintió: “Sí, sos Jennifer”.

A los dos meses, Ruffa, junto al resto del reparto, deambulaba por el norte argentino en pleno rodaje de “Cabecita rubia”.

El intérprete principal del film era el reconocido actor español Eusebio Poncela, en cuyo currículum está el haber participado en dos películas de Pedro Almodóvar, “Matador” y “La ley del deseo”.

–¿Cómo fue trabajar con Poncela?

–Un placer. Nos hicimos muy amigos. Después de la película, seguimos en contacto. Siempre está la idea, que este año, si Dios quiere, voy a poder concretar, de ir a Madrid. Es una asignatura pendiente. Eusebio siempre decía: “Si a vos te ve Almodóvar, te quedás allá”. En algún momento hubo oportunidades de laburo, pero después la vida me llevó por otros caminos, por eso estoy acá… Pero ahora, que me siento relajado, me voy a animar a viajar. Estoy seguro de que las puertas se van a abrir; yo soy una persona de abrir puertas, no de cerrarlas.

 

Antes de aterrizar en el sur, Micky estuvo un tiempo en La Plata. Pero, en determinado momento, sintió que debía buscar un horizonte nuevo para, como dice él, salvar su vida. “Tenía dos opciones: Bariloche y Barcelona. Vine acá porque identificaba este lugar con el paraíso”, manifiesta.

“Salía de una separación; también de la noche heavy de Buenos Aires, de la que tenía que zafar”, explica.

En la actualidad, cuando tiene que ir por unos días a tierra porteña, al chocar con la urbe, Micky piensa: “Gracias a Dios que pude irme”. Y el porqué de tal raciocinio resulta claro: “Muchas de las personas con las cuales compartía un montón de cosas, y no me refiero sólo a excesos, ya no están, o se encuentran internadas, o se medican con Rivotril hasta la coronilla, o ni se acuerdan de nada… Somos pocos los dinosaurios que quedamos de esa época; estamos en extinción”.

–¿Cómo te recibió Bariloche?

–Al principio fue irrumpir en un sitio donde no existía una propuesta como la mía. Hoy somos un pueblo con un cerebro un poco más amplio, pero en aquel entonces la gente no sabía lo que era el transformismo. En el primer espectáculo que realicé, el público se divirtió muchísimo; caí bien y las funciones se multiplicaron. Venían hombres, mujeres, incluso con sus chicos… ¡Me amaban! Después llegó la tele, y del otro lado de la pantalla también me recibieron bien. De las plumas y la noche, pasé al short y la remera para hacer notas en la playa. Ya cuando me vieron en familia, las personas habrán dicho: “¡Ah!, este es normal”. Porque todos somos un poco hipócritas…

–¿Cómo conociste a Laura, tu mujer?

–Ella iba a ver mis espectáculos; me llamaba la atención. Pero nos hicimos amigos en la playa. Yo había ido a tomar sol, una amiga suya me reconoció y nos pusimos a charlar. Me dijo: “Vos sos Micky… Te fui a ver el sábado… Pensaba que eras travesti”. Se sorprendió al verme vestido de hombre; para colmo, en las piernas tengo más pelos que un mono… Yo había estudiado psicología, Laura es psicóloga… La contuve porque ella atravesaba una separación, una cosa llevó a la otra y… ya pasaron once años.

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Laura ya tenía un nene, Federico, fruto de su relación anterior, a quien Micky, cuando habla de su familia, lo nombra como si fuera propio. Al tiempo, se agregó Santiago, que nació con parálisis cerebral. Con él, el artista descubrió un mundo nuevo, y si bien siempre fue un tipo solidario por influencia de su padre, que trabajaba en el Hospital Argerich, al notar los muros que se le levantaban cuando debía conseguir algo para su hijo, esa característica se desarrolló y creó una fundación que lleva las siglas de su retoño: SER (Santiago Emanuel Ruffa).

“Trato de dar herramientas para que la gente pueda llevar adelante su vida con más calidad”, explica Micky. “Las personas saben que lo que se dice en la tele puede tener repercusión, por eso se acercan. Las asesoro y trato de hacerles más sencilla la existencia. Yo, por ignorancia, tuve que moverme a ciegas, entonces, ahora que ya tengo algo de experiencia, trato de ayudar a los demás.”

   Micky anuncia que cumple veinticinco años de trabajo artístico, siempre con la libertad como bandera.

Cuando se le pide que diga cómo se ve, indica: “Soy un buen padre, un tipo que emociona, que hace reír, que hace llorar, un gran artista”.

– ¿Y en lo sexual?, ¿cómo te definís?

–En este momento soy un hombre casado con una mujer, y dos hijos; si hablara del pasado, posiblemente no diría lo mismo. No soy falso con mi vida. Igualmente, creo que mi sexualidad tiene que ver con mis cuatro paredes…

–Claro, pero en tu caso la curiosidad nace porque sos transformista…

–En realidad, creo que todos los actores somos transformistas; cualquiera que asume un personaje, un rol, ya deja de ser quien es, se transforma en otro. El travestismo nunca me interesó, ni pretendo cortarme nada que me interesa tener y que, por suerte, siempre usé… Vivo mi sexualidad feliz, con tranquilidad, y como es mía no creo que le moleste a nadie. Lo que menos me interesa de los otros es su sexualidad. Cuando conozco a alguien no le pregunto qué le gusta en el sexo, ¿a mí qué me importa…? Aunque entiendo la intriga de la gente, por eso de verme femenina cuando actúo.

–¿Disfrutás más de hacer televisión o sobre las tablas?

–En el escenario, donde me contacto con el público en forma directa. La tele es mágica, porque la cámara te lleva a un montón de hogares; te das cuenta cuando vas por la calle y te lo dicen, o en las redes sociales. Pero en el teatro, en especial porque hago café-concert, es en el lugar que más me gusta estar. Rompo la cuarta pared, aunque el director me diga que no lo haga; busco la mirada del otro, la aceptación. También amo los camarines. Es un juego misterioso que sólo los artistas conocemos. Varias veces llegamos con problemas, pero, cuando se abre el telón, se despliega la existencia.

Tengo la capacidad de haber vivido mil vidas en una sola, y no sólo por los personajes que transité, sino por las personas con las que elegí estar, por los roles que escogí, por ser hombre, por ser mujer, por tener hijos, por ser marido, por un montón de cosas que he hecho… Hablo sin hipocresía, no vendo nada que no soy.

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Entrevista realizada por Christian A. Masello / Fotos Noelia López y de archivo

 

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