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La vida exagerada de Alberto Zottele

Por Christian A. Masello. Fotos de Noelia López.

“Ahí está mi historia, hasta el final”, afirma, en determinado momento de la madrugada, Alberto “Bocha” Zottele.

Es una verdad a medias.

Es cierto que hace un par de horas largas que cuenta su existencia. Pero, por más que se expandió en detalles, sólo ha narrado una parte. Y no es por escatimar. Pasa que ha vivido tanto que nunca termina de relatar sus experiencias.

Y en cuanto a aquello de “hasta el final”… eso sí que suena poco creíble: la vida de este hombre aparenta no tener punto que indique terminación alguna, siempre parece que estuviera a punto de hacer algo más.

Estamos en el nivel inferior del casino, el sitio donde suele haber shows para los turistas de ocasión y, también, para aquellos trasnochados que, en una mala noche en la sala de juego, se quedan casi sin nada y optan por destinar los últimos morlacos en llevar algo caliente al estómago o, aunque sea, en un trago, mientras miran un espectáculo.

Zottele me citó aquí porque la programación de esta noche incluía un show de tango.

(INTERRUPCIÓN INFORMATIVA: Perdón por llevar unas cuantas líneas de este texto y todavía no haber aclarado que el Bocha es un eximio bailarín de tango, que dirige el grupo Malayunta y, además, da clases en las que intenta que los alumnos aprendan el mundo de los cortes y las quebradas.)01bocha-b

Así, por el escenario pasan un cantante, un tecladista y una pareja de baile. “Vine a verlos porque son amigos”, informa Alberto.

Oír a Zottele da vértigo.

No porque su voz sea estruendosa o sus modos impulsivos.

Su locución es agradable y se muestra calmo.

 

   Sucede que con su transitar ha tocado tantos puntos, geográficos y vivenciales, que, quien lo escucha narrar parte de su biografía, se siente llevado a bordo de un carrito que se desliza a toda velocidad por una montaña rusa en extremo sinuosa.

 

Jorge Luis Borges, en el cuento El Aleph (incluido en el libro del mismo nombre), escribe: “Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph”. El literato se refiere a “una pequeña esfera tornasolada”, de unos “dos o tres centímetros”, ubicada en el escalón de un sótano, donde se ve “el inconcebible universo”. Bien, esta perorata literaria viene a cuenta de una búsqueda en pos de encontrar algo con lo que comparar el habla del Bocha. Si bien en una conversación con él no se presencia el mundo, sí se escucha su latido. Zottele sería, entonces, un Aleph humano. O, si se quiere llevar la exploración de similitudes al ámbito cinematográfico, se podría hablar de Alberto como alguien cercano a Forrest Gump, el personaje interpretado por Tom Hanks en la película de igual título, ya que, como aquél, aunque mucho más avispado, recorrió un sendero pleno de aventuras, algunas de sabor amargo, aunque fueron más las de un dulzor placentero.

Dada la multiplicidad de cosas por las que ha pasado, se podría también citar una novela maravillosa del escritor peruano Alfredo Bryce Echenique: La vida exagerada de Martín Romaña. Bueno, sustituyan el Martín Romaña original por Bocha Zottele.

¿Por dónde empezar?

Quizá lo mejor sea arrancar por el principio.

“Nací el 13 de abril de 1947, en Bahía Blanca”, notifica.

El bailarín señala que su familia era de clase media-baja, pero que, más allá de las limitaciones, sus padres salían de lo común: “Yo miraba a las otras familias, comparaba y decía ‘mis viejos son fenómenos’; no tenían nada que ver con el resto del barrio. A mi hermano lo mandaron a Bellas Artes; a mi hermana, a piano; a mí, a folklore. En aquella época, eso era muy raro”.

Su madre se llamaba Lucía Allende; su papá, Alfredo Zottele.

Alfredo, en determinado momento, ante la falta de perspectivas del hijo en cuanto al estudio (“algo en lo que nunca me destaqué”, indica Bocha), le dijo que debería ir a trabajar. “Sí, papá, por supuesto…”, contestó Alberto, y lo que siguió fue una cadena de labores que incluyó armar cajones para colocar botellas de la bebida Crush, elaborar plumeros con hojas de avestruz y tareas en una fábrica de soda…

Todo en Bahía Blanca.

   Pero Bocha, que desde pibe se sentía diferente a aquellos que se conformaban con lo que les había tocado en suerte, pretendía salir a explorar.

“No quería vivir en ese lugar”, explica. “Le dije a mi papá: ‘Me voy a Buenos Aires’. Y eso hice. Viajé y trabajé en ENTel (Empresa Nacional de Telecomunicaciones), donde estuve muchos años. Después comencé a andar por varios lados…”

Informa que recorrió distintas ciudades argentinas, pero también chilenas, y destaca un período en el que vivió en tierra brasileña.

–En Brasil, ¿qué hacía?

–De todo, desde dar masajes a trabajar en una fábrica de marcos para cuadros, pero no pude conseguir la radicación, así que tuve problemas… Lo que hacía era estar tres meses, salir un día y volver a entrar, por la visa… Era una época muy difícil, porque en toda América Latina había dictaduras, mucha persecución…

–Se refiere a los setenta, ¿verdad?

–Claro, me fui a Brasil en el 75, y regresé a la Argentina en el 78.

–¿Cómo vivió ese período convulsivo?

–Fue durísimo, porque uno, desde lo social, siempre está comprometido y, de cierta manera, yo estaba relacionado con la cosa popular. La pasé bastante mal.

–¿Estaba ligado a lo político?

–Era militante de la Juventud Peronista. Siempre tuve una tendencia hacia el justicialismo, porque me parecía que era la síntesis de lo que quería la gente: los trabajadores eran peronistas, la clase media-baja también… Con el peronismo fue cuando más reivindicaciones hubo, y lo que yo sentía iba por ese lado…

Al hablar de la responsabilidad hacia aquellos que menos tienen, surge, una vez más, la figura del padre, determinante en su vida: “Mi viejo era un tipo ligado a lo social”, cuenta. “Fue dirigente sindical de Correo y Telecomunicaciones; vivió situaciones muy difíciles, estuvo preso, fue perseguido…”

La estampa paternal aparecerá en varias ocasiones durante la charla. Por ejemplo, cuando le consulto cómo nació su amor por la música ciudadana: “Creo que toda la vida estuve cerca del tango”, manifiesta. “Mi papá, que nació el 21 de agosto de 1900, me contaba que a los dieciocho años iba a la milonga, y yo, de chiquito, lo admiraba, porque veía que bailaba y le gente lo vitoreaba. Cuando había música, escuchaba que siempre alguien pedía: ‘Que bailen Lucía y Alfredo’; me impresionaba. Eso quedó latente y, después, se manifestó.”

–¿Cuándo?

–Ya de grande, tenía casi 35 años.

–¿Cómo fue?

–Primero, aprendí. En Buenos Aires iba a algunos lugares, pero no tenía ni para empezar…

–¿A las milongas?

–Sí, pero siempre sentadito; bien empilchado, pero quietecito. Después sí, cuando lo asimilé bien, me animé.

–¿Cómo definiría lo que es bailar tango?

–Se trata de una danza espectacular. Yo empecé con el folklore, donde el acercamiento es visual; en el tango hay contacto, hay un abrazo, y entonces ocurren muchas cosas…

 

Bocha una vez acompañó a un amigo a “ablandar” un Torino en un viaje a Bariloche.

Alberto recién volvió a Buenos Aires años después. Y, tras un período prolongado en tierra porteña, regresó a Bariloche en 1996. Desde entonces, ha permanecido arropado por montañas en esta parte del mundo, aunque ahora su mirada apunta hacia un destino nuevo: un amor al otro lado de la cordillera lo hace pensar en vivir en Puerto Montt.

Tras haber compartido su vida con otras mujeres, Zottele, que tiene tres hijos, está enamorado de una dama chilena, bastante más joven que él, llamada Sandra Parra, a la que conoció en un festival de tango al que ella acudió como espectadora.

Alberto ríe al mencionar los treinta años de diferencia de edad con su novia. “Me siento bárbaro; todo está acá y acá”, sentencia, llevando el dedo primero al corazón y luego a la cabeza.

“Yo creo en los impulsos, y ahora que empecé a ir a Puerto Montt, y tengo ganas de estar allá, no voy a desaprovechar la oportunidad, porque tengo una mujer hermosa y decidí que tiene que ser así”, corona.

Una vez más, surge en la conversación la imagen del padre: “Recuerdo lo que decía mi papá: uno es ciudadano de cualquier lugar donde lo reciben bien. Nací en Bahía Blanca y me siento un argentino que puede estar en Buenos Aires, Bariloche, Río de Janeiro…”.

No es el único miembro de la familia que ha rumbeado por distintos lados.  Su hermano, por problemas políticos, estuvo exiliado diez años en México, donde, como profesor, dio clases de Economía Política. “Allí entabló relaciones con gente de China, estudió el idioma y ahora vive en Beijing, aunque, en realidad, anda por todos lados”, manifiesta Bocha.

“El destino nos lleva y nos trae”, remata.

   Algo que ha sido una constante en la vida exagerada de Alberto Zottele es el deporte. Porque, entre tantas cosas, fue jugador de fútbol.

En ese sentido, en medio de las risas que provoca el recuerdo, otra vez trae a colación al padre: “Mi viejo era dirigente futbolístico en el club Pacífico de Bahía Blanca, uno de los más antiguos que existen, ya que lo hicieron los ingleses en 1896. A mi papá le consultaban: ‘¿Por qué no lo llevás a Bocha a jugar a Buenos Aires?’. ‘¿Al fútbol?’, preguntaba indignado, aunque se desempeñaba en cuestiones relacionadas con ese deporte. ‘No, esas son cosas de vago’, decía”.

Pero Alberto, más allá de los comentarios paternos, ingresó al mundo del fútbol.

“Era puntero derecho, un 7 pegado a la raya, desborde y centro atrás, y, si te sacaban esa opción, diagonal adentro; ¡una maravilla!”, se entusiasma.

Enumera los clubs en los que participó: “Olimpo, Liniers, Libertad y Pacífico, en Bahía Blanca; Defensa Argentina de Junín; Aldosivi de Mar del Plata; San Lorenzo y Lanús; y en Estudiantes de Bariloche, donde permanecí tres años; después fui técnico de otro equipo barilochense, Boca Unidos”.

A esa lista, añade un equipo más donde se desempeñó como jugador: “Huracán de Ingeniero White”.

Ingeniero White es una ciudad portuaria perteneciente al partido de Bahía Blanca, y Huracán es conocido por haber sido el primer club bahiense en ascender a primera división, cuando disputó el campeonato nacional de 1968.

   “Nos goleaban todos”, rememora Bocha, jocoso. “Vélez nos ganó once a uno; Banfield, ocho a cero. Tenía una cancha de arena que, cuando subía la marea, entraba el agua…”

Aquel equipo terminó el año con la valla más vencida. Recibió cincuenta y siete goles.

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El amor de Zottele por el fútbol tuvo su continuación como directivo de una asociación relacionada con el club de sus amores: “En 1998 armé en Bariloche la peña boquense Silvio Marzolini, de la que fui titular hasta 2005. Por ahí tengo una foto con Mauricio Macri, que por aquel entonces era presidente de Boca; debe haber sido la única vez que se rió en su vida. En 2007 me insistieron para que volviera al puesto, regresé y estuve en el cargo hasta hace tres años”.

El deambular deportivo de Zottele no se limita al fútbol. También está vinculado al boxeo. Cuando se le consulta cómo llegó a relacionarse con el pugilato, él mismo destaca lo extraño del origen de su incursión en el universo tan particular de los combates en el cuadrilátero: “Fue rarísimo”, expresa. “En Buenos Aires, salía a correr mucho por Palermo. Hacía quince o dieciséis kilómetros por día. Ahí, un joven con la nariz achatada solía decirme: ‘Profe, yo quiero entrenar con usted’. Le explicaba que no preparaba boxeadores, sino otro tipo de deportistas, pero él insistía. Decidí, entonces, ver qué pasaba. Empecé a ir al Luna Park, y ahí alguien me dijo: ‘¡Uy!, ese pibe te va a volver loco, es un atorrante’. Pero igual agarré al muchacho y le solté: ‘Mirá, este es un deporte individual; te voy a guiar, pero antes voy a decirte un montón de cosas’. Fuimos a un café y le hablé como dos horas. Cuando terminé de explicarle mis ideas, le indiqué que lo iba a esperar a las seis y media de la mañana, para empezar a ejercitarlo. Y el tipo fue. Cumplía. Por las tardes practicábamos en el Luna. En lo técnico era malísimo, pero golpeaba muy fuerte y sabía asimilar. Le aseguré que iba a ganar el título argentino; él se reía. Al final, lo saqué campeón. Mi pupilo era Ramón Abeldaño”.

Alberto continuó ligado al ámbito del boxeo, pero como promotor: “Saqué la licencia profesional y organicé un montón de peleas”.

Al llevar adelante esa tarea, viviría una situación por demás complicada.

   En agosto del 2000, Bocha organizó un combate entre Jorge “Locomotora” Castro y el brasileño Marcos Duarte. Ganó el argentino por nocaut técnico en el cuarto round, pero el resultado fue lo de menos.

Zottele acusó al hermano del boxeador de haberle sustraído la bolsa de la velada.

–¿Cómo fue aquello?

–Me robó once mil dólares.

–¿Nunca los pudo recuperar?

–No. Y lo que pasó después…

–¿Qué sucedió?

–De todo… Me llamaban para amenazarme… Y estuvo lo del partido… Me convocaron para que fuera a Buenos Aires a jugar en la despedida de Ángel Rojas (mayo de 2002). Cuando llegué a la cancha, el periodista deportivo Roberto Leto me dijo que el ‘Roña’ me había mandado saludos. Supuse que bromeaba. Después, otro reportero, que no sabía nada de la historia del robo, me volvió a decir lo mismo, que Castro había preguntado por mí. Cuando iba a empezar el partido, ya cambiado, miré por el túnel y vi que al otro lado estaba él, con la camiseta del equipo rival… Participaban ex jugadores, artistas, otros deportistas… No lo podía creer. Cuando empezó el partido, pensé: ‘Acá vamos a enfrentarnos sí o sí’. Él juega bien, pero es lento, y yo todavía estaba impecable, así que reflexioné: ‘Es fuerte, pero yo soy hábil’. En una jugada vi que venía, intuí que me iba a partir en dos, así que cuando lo tuve a un par de metros lancé la pelota larga y piqué; se tiró, patinó en la nada y la gente festejó. Yo dije: ‘En la próxima me va directo al medio…’. Pero no volvimos a cruzarnos. Cuando terminó el encuentro, que ganamos tres a dos, me encaró. No arrugué y apreté la mandíbula. Pensé que me iba a meter una piña, pero me abrazó y pidió disculpas. ‘Mirá, Jorge’, le solté, ‘lo que pasó ya está, pero… Estuviste un mes en Bariloche, te banqué a vos, a tu familia, a tus hermanos y a toda la banda que trajiste…’ Y él se excusó: ‘Fue el hijo de puta de mi hermano’. Le contesté: ‘No me lo merecía, pero hacé de cuenta que no pasó nada’. No lo vi nunca más.

–¿En qué terminó la causa?

–En nada. El juez me preguntó: ‘¿Vos firmaste algo?’. Le respondí que no. ‘Entonces la plata no la vas a recuperar’, dijo. Con el Roña ya había hecho otras peleas, éramos como hermanos, pero no sé qué le pasó… No tuvo códigos.

“He tenido una existencia intensa”, asegura Zottele, “y creo que eso es bueno, aunque no sé si es necesario vivir tantas cosas…”

Y aquí volvemos al comienzo de la nota, cuando Alberto, en el bar del casino, asevera: “Ahí está mi historia, hasta el final”.

En realidad, ha contado sólo una parte de su vida exagerada.

Y esta semblanza, por falta de espacio, llega aquí a su término, que no es, claro, el de sus aventuras.

Apago el grabador, pero Bocha continúa con las anécdotas.

 

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