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La Primavera de Praga

El lounge de DJ Cocktail

En concordancia con otros movimientos liberadores del arte en toda Europa, la Nueva Ola Checoslovaca de cine posiblemente haya superado en calidad, creatividad y proyección a las otras corrientes que en países como Inglaterra (Free Cinema), Francia (Nouvelle Vague), Polonia (Generación de Octubre), España (Nuevo Cine) o Alemania (Nuevo Cine) se desarrollaban contemporáneamente. Directores y cinéfilos se encontraron desafiando los cánones tradicionales del séptimo arte. Este impulso, favorecido por el ocaso del Realismo Socialista en los países del Este europeo, provocó una generación inédita de realizadores y películas, durante toda la década del ‘60 y comienzos del ‘70.

La posguerra trajo un renovado aire de expresión. El Neorrealismo italiano es uno de los casos más emblemáticos. Si sumamos la consolidación de la televisión como medio masivo, la preeminencia del cine norteamericano a nivel mundial y el intervencionismo cultural de algunos regímenes, nos encontraremos frente a un panorama que favorecería la aparición de una ola revitalizada de cine, arte que, por los años 50, se encontraba desmotivado, exiguo y falto de creatividad. En Checoslovaquia, este fenómeno alcanzaría una expresión inédita. Jóvenes directores comenzarían a marcar el nuevo rumbo, entre ellos Milos Forman, quien realizaría Pedro el negro (1963) y Los amores de una rubia (1965), previo a emigrar a Estados Unidos tras La Primavera de Praga. La dupla Ján Kadár y Elmar Klos realizarían significativos films en conjunto, entre ellos Música de Marte (1955), Tres deseos (1958) y La Tienda de la Calle Mayor (1965), ganadora del Oscar como Mejor Película Extranjera. Iván Passer sería otro que emigraría, pero luego de filmar en tierra checa Iluminación Íntima (1966).

La única mujer de la Nueva Ola de cine checo fue Vera Chytilová, directora de Los frutos del paraíso (1969) o Las Margaritas (1966), que le valió ser censurada por varios años por los mismos diputados de su país. Otros films emblemáticos de esa época breve pero prolífica del cine checoslovaco fueron El Incinerador de Cadáveres (1969) de Juraj Herz, Valeria y la semana de las maravillas (1970), de Jaromil Jireš, Pájaros, huérfanos y locos (1969) de Juraj Jakubisko, El sol en una red (1962) de Štefan Uher, Diamantes de la noche (1964) de Jan Nemec, Todos mis compatriotas (1968) de Vojtěch Jasný o La gala en el jardín botánico (1969) de  Elo Havetta. Algunos de estos films fueron realizados sobre libros de Milan Kundera. Vale aclarar, además, que la Nueva Ola Checa se valió de los beneficios de los Barrandov Studios: un complejo se estudios cinematográficos erigidos en los años ’30, y que por su grandeza e imponencia fueron denominados también el “Hollywood del Este” o el “Hollywood de Europa”.

Entre esta camada de directores, nos resulta particularmente simpático Jirí Menzel. Director de obras únicas como Trenes Rigurosamente Vigilados (1966), Alondras de un Hilo (1990), Yo serví al rey de Inglaterra (2006), Mi dulce Pueblito (1985), o Tijeretazos (1981), entre otros. Menzel ha alternado su actividad de director con la de actor, pero como realizador sorprende con un humor fino, una estética renovada, donde sus películas tienen un movimiento interno, un vaivén que funciona como bálsamo para los ojos de los espectadores.

 

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