Graciela Novellino, un tango suave

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Por Christian A. Masello / Fotos de Noelia López

La cantante repasa su vida y su carrera

Siento. Ardo en fiebre fría. Soy yo.

Fernando Pessoa,

Libro del desasosiego.

 

Viento. Lluvia. Barro en los senderos del barrio Pinar de Festa.

Sin embargo, dentro de la casa, el clima es cálido. No sólo por la temperatura del ambiente. La calidez es espiritual.

Las paredes son muros de apertura, no de encierro. Generan comunicación con la naturaleza, que, al pasar por el filtro que impone la sensibilidad reinante, atempera su ánimo para contagiarse de la serenidad de este ámbito.

Un perro negro de gran tamaño deambula con la suavidad de un gato tímido.

Hay un teclado y una guitarra.

Varios cds en un estante.

Libros. La magia de palabras escritas que escapan de su hogar entintado para transitar, ellas también, por la calma del espacio. Distingo Confieso que he vivido, de Pablo Neruda, y Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa.

Adornos añejos: plaquetas vintage en las paredes, un bandoneón que descansa sobre un banco…

Algunos cuadros.

El hogar de la cantante Graciela Novellino transmite placidez.

Ya que Pessoa descansa su escritura en la biblioteca, se puede recurrir a un poema de su autoría, que bien encaja en el efecto que se consigue aquí dentro, por más que fuera arremeta la tormenta: “Es suave el día, suave el viento./ Es suave el sol y suave el cielo./ ¡Que fuera así mi pensamiento!/ ¡Ser yo tan suave es lo que anhelo!”.

Y está el silencio.

Un silencio que canta.

Aquí se escucha la voz del silencio. Y es afinada.

Graciela Novellino nació en el barrio de Palermo, en Buenos Aires.

La rama paterna de la familia vivía en Boedo, distrito tanguero. Cerca del bar de San Juan y Boedo donde Homero Manzi escribió la letra de Sur (“Nostalgias de las cosas que han pasado,/ arena que la vida se llevó”).

   Aquel linaje y aquel paisaje brindaron la información musical que, con el tiempo, se haría canto.

Sin embargo, cuando empezó a transitar en forma profesional el camino de la canción, el tango, por más que cada tanto interpretara alguno, no fue la primera elección. “Comencé a cantar en el retorno de la democracia, y, en ese momento, se escuchaba mucho a Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, también a los artistas del folklore de proyección; yo interpretaba algo de ese repertorio”, cuenta Graciela.

Su acercamiento al canto se había dado de chica: “Iba a una escuela estatal que fue salvadora para mí. El coro tenía un protagonismo especial y, a partir de los nueve años, tuve la suerte de integrarlo. La institución tenía una inclinación artística importante. Era extraño que sucediera algo así, ya que, en aquella época, los colegios con esa orientación eran privados”.

Graciela recuerda que aquella alumna de primaria ya afirmaba que “quería ser cantante”.

A los veintipico, la muchacha decidió dejar de estudiar la carrera de Historia del Arte, en Filosofía y Letras, para dedicarse al canto. El impulso era fuerte.

“Desde 1984 en adelante, hice de esa elección una forma de vida”, señala.

Y después vendría Bariloche.

“Llegué en 1991, en formato casada (luego se divorciaría), con una hija que había nacido en Buenos Aires y otra en la panza”, rememora.

La intérprete evoca cómo era la localidad en aquel momento: “Había lugar para estacionar en cualquier lado, y la gente decía que podías dejar el auto abierto que no había ningún peligro. Luego arribaron las oleadas de personas que llegaban en pos de lo mismo que vinimos a buscar todos: un poco de tranquilidad, pero en un sitio que tuviera también algo de movimiento.”

Más allá de que durante los primeros tres años en la localidad no se dedicó a cantar, ya que su tiempo estaba abocado a sus hijas –la nacida en tierra porteña y la que había venido al mundo en Bariloche–, cierto sentimiento tanguero comenzó a abordarla.

   “Me encontré con la necesidad de interpretar tangos. Se ve que, como estaba lejos de Buenos Aires, era una manera de acercarme a aquella ciudad desde otro lugar”, señala.

De esa forma, comenzó a escoger temas para integrar su repertorio, pero siempre con la idea de eludir aquellas piezas que se inclinaran por el lado machista del género. “Elegía por la poesía; siempre pensaba en que fueran composiciones que trataran bien a las mujeres”, indica. “En general, me metí con tangos que hablaban de cosas comunes a ambos géneros, más existenciales. Si veía un atisbo de maltrato hacia lo femenino, directamente los descartaba.”

En cuanto a sus intérpretes predilectos, Graciela menciona a Rubén Juárez, Roberto Goyeneche y Carlos Gardel, sin olvidar a Nelly Omar, ni tampoco a jóvenes exponentes, como Noelia Moncada.

Aunque, tras citar esos nombres, la cancionista hace una aclaración: “Yo me nutrí de cantantes que no hacían tangos. Escuché mucho a Elis Regina y Ella Fitzgerald, que son como dos guías, grandes mujeres del canto. Traté de interpretar el tango influenciada por esa forma más suave de cantar”.

“Poseo una inclinación por rescatar cosas del pasado”, explica, “y el tango en cierta manera lo es, pero a mí me interesa traerlo al presente y renovarlo, no alejándome de la esencia, aunque sí pretendo cantarlo de una forma no tradicional.”

Sobre la pena que se suele asociar al tango, Graciela opina:

“En realidad, la nostalgia está en todos los géneros. Al tanguero le han puesto el mote de ser nostálgico, pero el blues también lo es, y hay millones de canciones de jazz que son terribles lagrimones… Creo que la manera de interpretar el tango es lo que lo hizo todavía más quejoso, pero la verdad es que nos lamentamos desde todos los ritmos”.

La cantante, que tiene dos discos en su haber (Tango y Lugar), ha llevado su arte a distintas partes del mundo. A lugares tan distantes como, por ejemplo, Finlandia: “Estuve tres veces en aquel país, en una cumbre de tango y en dos festivales”, relata. Más allá del recuerdo del cruce en barco por el mar Báltico, desde Estocolmo, al evocar aquellos viajes, la vocalista trae al presente una imagen sobre el escenario, cuando se animó a interpretar un tango en finlandés, y destaca que el tema en cuestión había sido creado en aquel país, donde hay compositores del género, aunque “la poética no tiene nada que ver con la argentina; la temática que abordan es mucho más romántica y bucólica”.

Si bien aquellas experiencias fueron gratas, la tanguera subraya el desembarco bautismal en España: “El impacto movilizador inicial fue cuando canté fuera de nuestro país por primera vez, en Granada. Fuimos con la escritora y poeta Laura Calvo. Ella iba a presentar su obra Poetango, con el músico Roberto Navarro. Se trató de algo muy lindo, porque somos muy allegadas. Cada una tenía su propuesta dentro del Festival de Tango que se realizaba allá. Viajaba con una amiga, era la primera vez que cantaba fuera de la Argentina, y mi hermana vivía en España, donde nos reencontramos… Fue algo muy bello”.

La profesión le deparó momentos sobresalientes, como aquella vez que compartió escenario con Eladia Blázquez: “Fue en Bariloche. Ella ya se encontraba enferma (tenía cáncer). Vino para ser parte del Festival Internacional Patagonia y Tango. Yo estaba con Juanjo Miraglia, el guitarrista de Bariloche con quien más trabajo, con el que incluso grabé un disco (Tango). Nos dijo: ‘¿Quieren hacer El corazón al sur conmigo?’. ¡Claro que sí! Por suerte sabía la canción. Sentí emoción; fue una ocasión de muchísima generosidad por su parte”.

Recalca, también, el trabajar con Juan Esteban Cuacci: “Un gran compañero de la música que vive en España, sobrino de Susana Rinaldi, a quien acompaña en sus giras. Es el arreglador y coproductor de mi disco Lugar, y mi mayor referente musical”.

La actualidad la encuentra entusiasmada con el estudio: “Desde hace dos años, sigo Gestión Cultural. Te abre un panorama muy amplio, mientras avanzás en las materias se despliegan nuevos intereses. A mí me gusta mucho rescatar lo antiguo para traerlo al presente, renovarlo, darle un nuevo sentido, y esta carrera trabaja justamente en el área patrimonial, pero, además, se abre a la economía y a la política de los recursos, a lo ecológico, lo paisajístico, y habla también de la historia y de los lenguajes artísticos”.

 

Y si ahora es alumna, desde hace tiempo es educadora: “Cuando vine a Bariloche empecé a darme cuenta de que podía dar talleres que apuntaran a la voz como instrumento, no necesariamente para quienes quisieran cantar. Si bien un setenta por ciento de la gente que venía lo hacía con la intención de ser cantante, el resto me decía que pretendía destrabar algo que tenía que ver con la palabra, con algún cierre emocional. Para acompañar esa necesidad, me capacité en técnicas de musicoterapia, corporales y de abordaje psicológico. Así que, desde 1993, tengo la alegría de acompañar a personas de todas las edades en este camino”.

Desde la docencia, Graciela realizó experiencias novedosas: “Con algunas empresas trabajé en ayudar a ‘bien decir’ lo que la persona necesita comunicar, encausarla en la dirección que precisa, pero no desde la oratoria, sino desde la comprensión de la gran herramienta que es la musicalidad del lenguaje. Se trata de comprender qué música suena cuando uno habla”.

   La vocalista se despliega en actividades. Este año actuó junto a la Orquesta del Bicentenario Bariloche, y tiene preparado un libro donde resume lo vivido en su Taller de la Voz, con la intención de que, cuando se publique, ayude tanto a quien estudia canto como a aquel que coordina cursos similares.

Para el público, resulta dificultoso imaginar a Novellino alejada del tango, sin embargo, ella dice que en su casa se inclina por escuchar otros géneros, aunque suele oír composiciones tangueras antiguas, para nutrirse “de un repertorio menos triste”. Pero, por placer, en general, le presta el oído a sonoridades distintas. “Me gusta el jazz, también las intérpretes brasileras, que parecen que te cantan al oído, y la música clásica”, enumera. La excepción es Astor Piazzolla, artista de su predilección, que sí suena siempre en la casa de Pinar de Festa.

“El tango tiene densidad”,  afirma. “Te instala en un lugar de seriedad, profundidad, melancolía… Entonces, por cantarlo siempre, ya tengo mi cuota.”

Y si bien dice que su base de operaciones es Bariloche, donde están sus dos hijas y sus tres nietos, manifiesta: “No me veo anclada todo el tiempo en un lugar; cada tres meses tengo la necesidad corporal y emocional de viajar. La unión de los viajes con la música es lo mejor que puede pasar”.

 

–¿Qué es el tango para vos?

–Por más que sea patrimonio de la humanidad, el tango es Buenos Aires, un lugar que habla con melodía tanguera; es un sentir porteño. Cuando voy allá, apenas me subo a un taxi, digo “esto es tango”. Creo que, al decidir venir a Bariloche, me distancié para extrañar lo suficiente y darme cuenta de que soy muy porteña. En cada viaje que hago, busco el ambiente de los bares, que, para mí, son el tango.

–¿Qué sentís cuando estás sobre el escenario?

–De todo. Agradecimiento, emoción, calor, transpiración, palpitaciones, comunicación con los músicos y con el público; temblores que no se terminan nunca, confianza, libertad, alegría. Y miedo, que, si bien es un gran inhibidor, hay que saberlo aprovechar; dicen los chinos que hay que subirse a su energía e ir con ella, transformarla en algo positivo.

Al salir de la casa, se aprecia que la tormenta ha mermado. Se siente una brisa tenue. Vale, entonces, recurrir una vez más a Pessoa, el portugués inmortal, y así reflejar, a través de su pluma, las sensaciones que invaden a quien, tras conversar con la cantante, sale a la intemperie: “Leve, leve, muy leve,/ Un viento muy leve pasa,/ Y se va, siempre muy leve./ Y yo no sé en qué pienso/ Ni me interesa saberlo”.

 

 

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