Entre milagros y tragedias

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Por Cristian Kloster.

La Capilla de la Inmaculada Concepción es, más allá de las religiones que cada uno profese, un emblema sentimental de nuestra ciudad. De hecho, sin tratarse de una gran edificación, ha logrado por su modestia, estilo, y por el sinfín de historias que la atraviesan, establecerse como una parroquia de sensaciones caras y cálidas para todos los barilochenses. Se trata, además, de una de las construcciones históricas de la región, de cuando en el pueblo solo había “cuatro casitas”.

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Entre milagros y tragedias, forma parte de nuestra postal geográfica, histórica y social. Es todo un símbolo que ha pasado por momentos de bonanza y de crisis.

El padre Zacarías Genghini había llegado a Bariloche (que aún no había sido fundada) en 1901, en una misión salesiana por la zona del Nahuel Huapi. Se estableció en el poblado, cuando ya las misiones jesuíticas habían abandonado la región. Él mismo fue quien acuñó esa frase famosa, diciendo que el lugar estaba poblado por apenas cuatro casitas. Lo cierto es que había una pequeña comunidad con un almacén, un albergue, y una diminuta población que comenzaba a convertirse en más numerosa. Tras unos años de estadía, se propuso como objetivo la construcción de un pequeño templo que recibiera y acobijara las necesidades espirituales del pueblo. En 1906 conformó una suerte de Comisión con ese plan. Tuvo la suerte de convivir con un tal Primo Capraro, lo que le permitió avanzar sobre la obra de manera concreta y veloz.

_imaculadaEn febrero de 1907 bendijeron la piedra fundamental, y el 17 de Agosto de ese año, la capilla fue concluida.

Cronológicamente, la capilla se convirtió en parroquia en 1914. En 1916 se abrieron allí los talleres de artes y oficios. Y en 1917 se inauguraba a pocos metros el Hospital Zonal, sobre la calle Elflein. Vale aclarar que la Inmaculada Concepción fue erigida en el predio que hoy conforma el Colegio Don Bosco, pero sobre las calles Moreno y Frey, mirando hacia el lago Nahuel Huapi. Es decir, donde se encuentra el Gimnasio, actualmente. A unos 150 metros de la ubicación del emblemático ciprés al que fue amarrado Perito Moreno, cuando fue apresado cautivo por los indígenas de la zona. inmaculada

Allí tuvo su niñez y su florecer, siendo testigo de cómo Bariloche se convertía en una villa, en un poblado, en un pueblo, y de a poco, en una ciudad. Así vivió, en calma, sus primeras décadas de vida. La obra de Don Bosco crecía en Bariloche y, en 1945, se inaugura el Colegio Cardenal Cagliero, camino a Llao Llao. Éste recibía pupilos, y así funcionaría durante unos 20 años.

La ciudad ya exigía un espacio más céntrico, entonces se construye en calle Elflein y Beschtedt el edificio donde funcionaría el actual Colegio Don Bosco.

Esto provocó toda una modificación edilicia y geográfica del predio. La Parroquia había sido agrandada hasta ser una construcción con dos naves laterales y sus techos de escasa pendiente. En 1964 se termina de construir el Colegio, cuyas ampliaciones exigen la construcción de la nueva Iglesia Parroquial. Concluido ese nuevo templo, se determina que la primitiva Capilla no será destruida, sino removida, sin ser desarmada, para ser conservada como Monumento Histórico que documenta los comienzos de la ciudad. Fue entonces, en 1973, cuando se declara efectivamente Monumento Histórico y debe sufrir el desarraigo de su emplazamiento original para ser trasladada sobre rieles, intacta, y subida a la esquina exacta de Beschtedt y Elflein, donde se emplaza actualmente.
Hay registros documentados de Noviembre de 1976 que hablan de una Comisión conformada para el traslado de la Parroquia integrada, entre otros, por el Sr. Sauter, Haroldo Castillo, el Constructor Barrientos, el Arquitecto Martín, el Ing. Gilberto Díaz, el Arquitecto Pozzo y el Cura Párroco.

“Los trabajos empezarán el 15 de Enero (1977). Trabajarán unos diez obreros técnicos a las órdenes de Haroldo Castillo, calculándose unos 25 días de trabajo. Unos 20 para preparar el andamiaje interno y 5 para el traslado. Habrá luego un mes para pintura, reacondicionamiento y arreglo de los alrededores.”

La operación fue costosa. Durante el trabajo, en las instancias mismas del traslado, un joven perdió la vida. Un periódico de la época relata: “La víctima, Aladino Omar Nahuelfil, de 23 años, nacido en Ñorquinco, dejó de existir en forma casi instantánea, al ser virtualmente aplastado su cuerpo y cráneo por el desplazamiento del edificio. En cuanto al herido, Juán José de Tona, de 19 años, continúa internado en el hospital con pronóstico reservado.” Siguiendo la narración de la crónica y los testimonios de la época, “la tarea de traslado se ve especialmente dificultada en razón de que debe ascenderse una empinada cuesta por la calle Beschtedt hasta Elflein. Para concretarla, la empresa Dalceggio Hnos. debió construir una calzada férrea, con utilización de rieles ferroviarios, para facilitar el desplazamiento de la estructura de madera, traccionada por un guinche y un camión.” (Diario Río Negro, Edición del 12 de Marzo de 1977). 54511a13d508e

En 1981, la pintoresca y emblemática parroquia tuvo unos retoques, una actualización de estilo: Los pisos interiores de madera fueron reemplazados por cerámica roja. Por su parte, las tejuelas de la fachada, de cabeza circular, dieron paso a tejuelas nuevas de cabeza triangular. La Inmaculada, como comúnmente se la conoce, vio pasar generaciones de barilochenses: Celebró un sinfín de bautismos, confirmaciones, comuniones y casamientos. Muchos la atesoran por su estilo, por su cercanía, por su modestia y falta de pretensiones, por su íntima belleza, por su clima y por quienes la habitaron. A su lado se erige, en medio de la calle, la famosa cruz que simboliza el Calvario, que divide el tránsito de una calle que se corta a los pocos metros, en virtud de la presencia de la escalera peatonal. Son, en conjunto, una marca histórica de nuestro lugar, una referencia social y religiosa, y también un punto panorámico para turistas que se animan a caminar escaleras arriba y eternizar su paso con una instantánea. Otro lamentable suceso aconteció hace poco tiempo, del cual prácticamente todos somos testigos por su proximidad.

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Una madrugada de agosto de 2014, la Parroquia fue devorada por un fuego inclemente. En pocos minutos, años de historia local se hicieron ceniza. La frágil estructura de madera sucumbió y la combustión hizo efímero lo eterno. La noticia sacudió a Bariloche.

Los vecinos reaccionaron rápidamente, y se pusieron un nuevo objetivo por delante: la rápida reconstrucción de la Parroquia. Para ello, además del dinero de la Aseguradora, se realizaron donaciones, actividades para recaudar fondos, incluso hasta el mismo Papa Francisco hizo un aporte monetario. En poco tiempo comenzó a edificarse una estructura similar a la anterior, con algunas modificaciones, ciertas protecciones, espacios ampliados, materiales más apropiados y modernos. Así lo había manifestado una nueva Comisión Pro-Templo en un informe, a los pocos meses del siniestro: “El nuevo edificio del templo será un poco más amplio que el anterior, y tendrá, en el espacio aprovechable del nivel inferior generado por el desnivel del terreno, lugar para el museo de la historia de La Inmaculada y para la cripta que albergará los restos del padre Zacarías.”

El 11 de febrero de este 2016, un año y medio después del incendio, la nueva Inmaculada Concepción ofreció su primera misa. El templo volvió a ser parte de lo que fue y, de algún modo, también acomodó su nueva fachada hacia el futuro.

La actitud de la comunidad en su conjunto habló de una rápida reacción ante un hecho que nos tocaba a todos, cristianos o no. Valores positivos afloraron y se impusieron frente a la habitual indiferencia o apatía. Esta misma Comisión Pro-Templo resumía en un comunicado: “… perder este lugar de referencia ha sido para nosotros un inesperado golpe emocional que, como cristianos, interpretamos como un fuerte llamado del Señor que tenemos que discernir en comunidad. Y lejos de inmovilizarnos, esto nos ha puesto rápidamente en acción. Una acción que tiene como línea principal fortalecer nuestros vínculos comunitarios y espirituales, nuestra vida de oración y sacramental, que nos ayude a discernir este gran “signo de los tiempos” que estamos viviendo.”

 

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