Cuatro maneras de ser guitarrista

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BLUES, RAÍZ FOLKLÓRICA, FOLK, CELTA

Por Adrián Moyano

Santiago Azar, Juan Sisterna, Mariano Rodríguez y Andy Grimsditch. Tocan diversos géneros pero coinciden en una sentencia: sin la guitarra no se puede vivir.

Ocupan el centro de la escena aunque en la banda haya cantantes. Hace varias décadas que los guitarristas asumen un protagonismo indiscutible en el ámbito de la música popular, llámese folklore o rock. El ambiente musical de Bariloche no es la excepción… Se cuentan por decenas, son más o menos virtuosos, más o menos carismáticos, más o menos emprendedores. La hacen llorar o reír, la exprimen o la acarician pero siempre suenan en primer plano.
Mi Revista dialogó con cuatro de ellos, de trayectorias y estilos más bien disímiles. Santiago Azar es el fundador e ideólogo de El Alambique, la banda de blues más veterana de la ciudad. Juan Sisterna consagró sus años más reciente a Oke Trío, una propuesta de raíz folklórica aunque en los últimos meses, se lanzó a recorrer un camino solista. Mariano Rodríguez supo del punk en los 90 del conurbano bonaerense pero hace rato que se introdujo en el fascinante universo del folk experimental. Y Andy Grimsditch -ex La Fuente- trajina los caminos con Arann, una agrupación de música celta.

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“Yo empecé a tocar de grande y eso resultó una complicación”, comentó Azar, guitarrista de rythm and blues y otros colores, como le gusta decir. “Empecé a los 23, nunca había tocado ningún instrumento musical y además, yo no me veo como guitarrista: soy dibujante, toda la vida fue dibujante, desde chiquito… Entonces, mi matriz psicológica es la del dibujante. Los que empezaron a tocar desde adolescentes saben de lo que hablo… Yo me formé sin ser guitarrista.

Hoy, si no tengo la guitarra en las manos, casi que no sé tocar…

Suele pasar que hasta que no estoy en el show, no toco ni la mitad. Mi cabeza se arma como guitarrista en el momento del show”, definió.
Sisterna tampoco fue un niño prodigio. “Empecé bastante grande en realidad. Había una en el placar de mi casa, que mi viejo había comprado por si alguno de sus hijos tocaba (risas). En realidad, la usaban los amigos de mi hermano. Creo que a los 13 o 14 fui a un par de clases y dejé. Agarré de nuevo a los 15 y ahí empecé a tocar rock, rock pesado más bien… Eso en los 90, 95 o 96. En un momento, pintó tocar Música en Buenos Aires y me miraron con una cara… Realmente, no tenía mucha formación. Me pasó de estudiar en la Escuela de Avellaneda y tuve la suerte de conocer a grandes músicos, que me influenciaron no sólo en la manera de tocar sino también en la manera de ver la música y de trabajar con ella, de hacerlo lo más en serio posible dentro de las posibilidades que uno tiene. A partir de ese momento, no supe hacer otra cosa”, definió.

Mejor autodidacta

__guitar3Para Rodríguez, la encordada apareció en un ambiente rural. “Mi primer contacto con la guitarra fue gracias a unas primas que vivían en el campo, cerca de Balcarce y tenían un conjunto folclórico. La típica formación de los años 60 y 70 de tres guitarras y un bombo.

Había una guitarra en la casa de mis abuelos que nadie tocaba y me mandaron a estudiar guitarra con la profesora del pueblo.

Eso duró un año y fue algo de lo más aburrido que me pasó en la vida. En la adolescencia a fines de los 80 me reencontré con la guitarra, pero esta vez electrificada y autodidacta”.
Vecino de Lago Puelo hace rato, Grimsditch confió sus andanzas empezaron muy lejos de las atmósferas irlandesas. “La guitarra eléctrica apareció en mi vida con el rock nacional de la primera época: Manal, Almendra, Los Gatos… También con Creedence (Clearwater Revival) y los Beatles. Luego escuché a Yupanqui y de a poco el folklore y la guitarra criolla se me fueron aquerenciando”. Es que a pesar de su rol en Arann, el violero arrima a cuanta peña quede cerca de su casa.
La relación de Azar con la música que cultiva en la actualidad data de los primeros acercamientos.

1044323_349027475200161_1883972487_nEmpecé a tocar desde el blues, aprendí a tocar otras cosas pero siempre desde el blues…

Hoy puedo tocar rock y un poquito de jazz, pero arranqué respirando blues a partir de Pink Floyd escuchando el disco Meddle, donde hay un blues que canta un perro (risas). Se llama Seamus y es un blues acústico, muy Mississippi. Yo venía de escuchar Pink Floyd y Queen a morir en la Secundaria y le pregunté a mi hermano qué era eso: Eso, es blues, me dijo… Empecé a buscar y a través de U2 me encontré con BB King. Ahí dije: esto es lo que yo quiero tocar”.
En el caso de Sisterna, las influencias fueron más cercanas. “Principalmente, Ernesto Snajer.

Lo vi tocar una vez y me pareció fascinante la música que hacía.

Tomé un par de clases con él y por cuestiones de la vida, terminé trabajando como su asistente y técnico.juan Trabajé con él 10 años casi, compartíamos mucho tiempo en su estudio y muchos shows, es un tipo que toca muchísimo con diferentes formaciones, da mucho y creo que su influencia se nota en mi estilo. No me preocupa admitirlo… Tengo muchísimas cosas de él tocando, sobre todo la manera en cómo encarar las cosas. También Quique Sinessi, a quien no conozco personalmente. Y Matías Arriazu… Cuando trabajaba en el estudio de Snajer, pasaban a grabar todos sus amigos, músicos que pasaban a grabar sus proyectos, entonces uno aprendía muchísimo. Por ejemplo, al grabar seis veces a Mariano Tiki Cantero, uno aprende. Son gente que además da porque uno pregunta y responden. De hecho, en mi primer disco grabaron un montón de ellos. Es gente muy amable”, redondeó.

De la eléctrica a la acústica

Las marcas que lleva Rodríguez como guitarrista reconocen dos períodos bien diferenciados. “De joven me gustaban Fred Sonic Smith de MC5, Ron Asheton de The Stooges, Lee Ranaldo de Sonic Youth, Peter Buck de REM, Joe Santiago de Pixies y John Squire de The Stone Roses… Me gustaban bastante. Los que nunca me gustaron fueron esos guitarristas que hacen de la ejecución una cuestión gimnastica o exhibicionista… Después, en los 90 descubrí toda una camada de guitarristas acústicos que a fines de los 50 y principios de los 60 le dieron forma a una movida que se llamó Primitive Guitar: John Fahey, Peter Walker, Robbie Basho, Sandy Bull… Son muchos. Y por último, cualquier guitarrista de blues rural que en su nombre lleve el apodo Blind (Ciego)”.
Azar anduvo más o menos por los mismos senderos pero en otro momento de su vida. “Cuando descubrí BB King y John Lee Hooker, dije: esto es lo que quiero tocar… Y cuando vi la película Encrucijada, todo alrededor de mis 20 años, me compré una guitarra acústica y un slide. Empecé a tocar solo y después de unos meses de tocar mal, me junté con Luis Suero y armamos el primer proyecto de banda de blues. Tocamos una vez en vivo, éramos eternos ensayistas y después, vino La 69”, historió.
En cambio, los guitarristas que marcaron a Grimsditch provinieron de un universo un tanto más ecléctico: “Atahualpa Yupanqui, Paul Winter, Mark Knopfler y el tipo de Génesis”. La banda inglesa contó con varios, pero suponemos que se refería a Steve Hackett. “Luego (más tarde en el tiempo), los guitarristas de Guitarras del Mundo y los del folklore”. Con aquel nombre se conoce a un gran encuentro de cuerdas que lleva 22 ediciones de existencia, bajo la conducción artística del inmenso Juan Falú.
El lugar que ocupa el instrumento en la vida de cada uno de los músicos puede conducir a inconvenientes. “Toco la guitarra todo el día. La tengo en la cabeza, siempre hay guitarras a mano y mis hijos también tocan. Si no es la mía, está la de mi hijo… Me pongo una media, agarro una guitarra, toco tres notas… Quedan 10 minutos antes de que venga el colectivo y ya que estoy, toco algo… Voy a trabajar y voy pensando temas o arreglos. Esa una parte importante de mi vida, un problema (risas), porque hay que regular las energías que dedica cada uno a cada cosa”, aconsejó Azar.
Sisterna tampoco podría vivir sin ella. “No (rotundamente). Por supuesto que por cuestiones de tiempo, trabajo como docente y también soy padre, a veces le dedico más y a veces menos, pero en la medida de lo posible toco todo lo que pueda. Siempre se me dio por hacer música, reconozco que al contrario de lo que le digo a mis alumnos, no he estudiado mucho. Si toco mucho, practico y hago las cosas en serio, pero no soy un guitarrista académico”, aclaró.
Rodríguez asumió su relación con el instrumento desde una perspectiva más lúdica. “La guitarra ocupa un lugar importante en mi vida pero soy un amateur, no soy un músico profesional. No vivo de la guitarra. Para mí, tocarla es como al que le gusta jugar a la pelota o ir a pescar. En una época me imponía rutinas de práctica pero ahora toco cuando tengo reales ganas. Por lo general, las cosas las hago cuando tengo ganas”, remató. “No creo que pueda prescindir de la guitarra, tengo una necesidad casi corporal de tocar la guitarra. Tengo un par, unas están acá en mi casa conmigo y tengo otra en Buenos Aires. Viajo seguido por trabajo y aprovecho cada vez que puedo para hacer algún concierto allá. Cuando me voy de vacaciones o de campamento con mi familia, llevo siempre algún instrumento de cuerda más pequeño, como un banjo, una mandolina o un charango”, ilustró.
Grimsditch fue tan escueto como categórico: “si ando un tiempo sin la guitarra, siento que me hace falta. O sea: es droga”.
Si bien los guitarristas en Bariloche se cuentan por decenas -quizá más aún- es posible que no pueda hablarse de una cofradía o de un colectivo. De todas maneras, la escena es muy importante. “Te digo como lo vivo yo, porque me parece que está un poco dividido”, concedió Sisterna. “Cuando era chico, hacíamos hard rock bien pesadito pero en los festivales tocábamos todos: folklore, tango, punk… Nosotros siempre íbamos al final porque hacíamos ruido, pero nos conocíamos todos. Hay grandes músicos en Bariloche, hay una escuela muy importante y gente con mucha personalidad. Hay veces que uno viaja por otros lugares y ve excelentes músicos, pero hay mucha personalidad acá… Lo veo como un Buenos Aires resumido porque se ven cosas dispares de muy buena calidad”, sentenció. Damos fe.

Virajes considerables

Santiago Azar siempre estuvo en el blues y Juan Sisterna en la música popular de raíz folklórica. En cambio, en los casos de Mariano Rodríguez y Andy Grimsditch pueden detectarse marcados virajes en sus trayectorias como violeros. El primero animó la escena punk del conurbano bonaerense en bandas que alcanzaron renombre y supo acompañar a Adrián Paoletti. El segundo hizo ruido con La Fuente en épocas que emparentar al folklore con el rock era muy raro pero hoy brilla a través de la música -sobre todo- irlandesa.
El actual vecino de Villa Lago Gutiérrez hizo un poco de historia: “arranqué tocando con bandas punk, hardcore y garage. Participé de algunos proyectos de música experimental pero cuando me vine a vivir a Bariloche (en 2000) estuve varios años sin tocar en público. De esas épocas continúa una forma de abordar la producción musical, hay una continuidad discursiva si se quiere. Esa continuidad es la de no circunscribir el hecho musical solamente al entretenimiento”.
Además, “cuando llegué a acá me daba mucha pereza conectar la guitarra eléctrica, los pedales de efectos, el amplificador y aparte, me parecía que no era un entorno apropiado para ese instrumento. Empecé a tocar la guitarra acústica y a explorar sus posibilidades expresivas y tímbricas. Recordé que tenía por ahí algunos discos de John Fahey y empecé a estudiar su forma de tocar finger picking y el empleo de las afinaciones abiertas”. Los resultados pueden apreciarse cualquier noche de estas en sitios más bien pequeños.
En cambio, en el caso de Grimsditch no hay mucho diálogo entre los diversos géneros que cultiva. “Celta y folklore no tienen mucho en común. Lo celta tradicional es todo melódico, o sea no tiene acompañamiento armónico. Por lo tanto, instrumentos como el bouzouki y la guitarra son posteriores en el tiempo. La guitarra en música irlandesa es muchas veces de afinación abierta o dagdag. Eso facilita acordes sin tercera, que tiene un efecto más pedal que la afinación criolla. La guitarra está incorporada en los grupos musicales celtas que toman temas tradicionales y los arreglan con instrumentación más moderna, posiblemente cerca de la mitad del siglo pasado”, enseñó el músico. Libro abierto arriba y debajo del escenario.

 

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