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Constructivismo Ruso

Si bien el cine llegó a Rusia a través de los Hermanos Lumiere, en 1896, para filmar la coronación del Zar Nicolás II, no fue hasta después de la Revolución de Octubre (1917), que este recurso comenzó a ser considerado más que importante, tanto como expresión artística como instrumento de comunicación de masas. Fue el nuevo régimen soviético que favoreció no sólo la producción, sino la formación de cineastas, la cual se convirtió en una escuela en sí misma y dejó un legado de vigencia perpetua.

Fue durante el paso de la Rusia imperial a la Unión Soviética que tuvo la región un impactante renacimiento cultural, expresado en todas las artes: escénicas, pictóricas, plásticas, literatura y cine. La nueva vida social rusa se inundó de exposiciones, declaraciones teóricas y manifiestos. Entre ellos el Manifiesto Realista (1920), texto de Gabo y Pevsner, que exponía dos ideas centrales que edificarían el constructivismo: la tarea del artista al servicio de la revolución y la defensa de la libertad de creación. El mismo Lenin expondría la trascendencia que el nuevo régimen depositaba sobre la floreciente disciplina: “De todas las artes, el cine es para nosotros la más importante”. A esto se suma que, por esa fecha, recobraba sentido la cinta Intolerancia (1916), de D. W. Griffith, la cual serviría de inspiración a la nueva generación de creadores. Entre ellos figuraba Lev Kulechov, un experimentador que creó un Laboratorio del cual salieron otros grandes realizadores. Uno de ellos se llamó Vsevolod Pudovkin, y fue quizás el más emblemático de esta corriente artística: combinaba a la perfección los elementos esenciales del constructivismo: realismo y montaje al servicio de la revolución. Por eso su trilogía La Madre (1926), El fin de San Petesburgo (1927) y Tempestad sobre Asia (1928), es considerada una obra que sintetiza ese cine. En La Madre, por ejemplo, el realismo y el dramatismo son tales que parecieran tratarse de un registro documental. Y aquí es donde entra en escena la figura de Dziga Vertov, máximo exponente del cine-ojo (convertido luego en cinema verite, al cual ya nos hemos referido en este espacio alguna vez), una nueva objetividad al servicio del militante, intentando capturar al mundo tal cual es. Pero hubo otra figura relevante que tomó ese realismo documental y lo conjugó con cierto simbolismo y expresionismo barroco. Ese realizador se llamó Sergei Eisenstein e hizo desaparecer al protagonista como personaje central del relato, y la masa pasó a ser el eje de atención, otorgándole valores simbólicos. Su nueva visión del montaje supera al concepto de Griffith e incluso al Efecto Kulechov. Eisenstein logra crear nuevos sentidos en la colisión de dos imágenes independientes, lo que llamaría montaje por asociación. Como cuando Charles Chaplin en la escena inicial de Tiempos Modernos (1936) compara en planos inmediatos a la gente saliendo del subte con un rebaño de ovejas yendo hacia lo inevitable.

Recuadro: Sergei Einsentein fue el vocero de la Revolución Rusa, además de un soberbio investigador y teórico del dine. Sus films incluyen Octubre (1928), película realizada en virtud de la celebración de los 10 años de la Revolución, y que luego tomaría Warren Beatty para su Reds (1981). Octubre fue presentada tras el conflicto entre Trotsky y Stalin, que derivó en el exilio del primero. En el film se lo mostraba a Trotsky como un revolucionario, cuando a la fecha de estreno era visto ya como un traidor. Pero previamente había logrado éxito y reconocimiento con su obra cumbre El acorazado Potemkin (1925), film que incluye la antológica secuencia “La Escalinata de Odessa”, una muestra cabal del montaje rítmico. El acorazado Potemkin es considerada una de las películas más importantes de la historia del cine.

 

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