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Bernardo Benroth, entre el campo y el chocolate

Por Christian Masellio. Fotos de Noelia López.

La historia de un hombre que vivió la época de los colonos y, sin perder su apego por lo rural, llevó adelante una empresa familiar ejemplar

Beschtedt 569.

La dirección es una especie de clave para entendidos.

Sucede que, a diferencia de la mayor parte de los locales del ramo, que explotan sus productos con la mente puesta en los turistas, la chocolatería Benroth se desarrolló pensando principalmente en la gente de Bariloche.

Aunque también tiene una clientela conformada por visitantes de otras localidades del país, e incluso extranjeros, que se pasan la voz como si de un secreto se tratase.

Así, aquellos peregrinos que llegan a este punto del mapa con la dirección anotada en un papelito, al alejarse un poco del centro (no tanto), arriban a esta tienda, atendida por una familia que ha hecho de la creación de chocolates una tradición que lleva más de cincuenta años.

Pero siempre esta estirpe, que hizo de la calidad una estampa de la marca, apuntó a los vecinos de la propia localidad.benroth-06

   Si allá por los sesenta el abuelo comía estos chocolates, en los ochenta fueron sus hijos quienes lo degustaron, y ya pasado el quiebre de siglo son los nietos los que lo disfrutan.

Al menos tres generaciones de barilochenses han atravesado la puerta de este comercio en busca de bombones que les endulzaran una vida que suele presentarse bastante amarga.

Y quien puso la piedra basal del lugar es Bernardo Benroth.

Él es quien me recibe en el local.

Pelo blanco.

Ojos celestes que, acorde a la zona que lo vio nacer y desarrollarse, son de una profundidad lacustre.

Viste camisa a cuadros, saco verde con una pequeña escarapela en su pecho.

Nació el 9 de agosto de 1936.

En 2016, entonces, es momento de festejar un número redondo: ochenta años.

Casado con su novia de siempre, cuatro hijos (tres mujeres y un varón), cinco nietos y un bisnieto.

Pronto me mostrará las instalaciones donde se prepara el chocolate.

Y, en la trastienda, charlaremos un rato largo.

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***

 

No se trata de hacer muchas preguntas.

Lo mejor es dejarlo hablar.

Tal vez interrumpir en algún momento para profundizar en algún tema, pero, lo dicho, es preferible que se explaye sobre las sensaciones que lo invaden.

Así, habla de una Bariloche habitada por colonos, entre ellos su padre, don Rodolfo Benroth, un alemán oriundo de Sajonia, proveniente de una familia de agricultores.

Cuenta Bernardo que su papá fue “el primer aventurero de la familia Benroth”.

Don Rodolfo cruzó el océano a principios del siglo XX y llegó a Brasil, donde vivió en una colonia germana en Mato Grosso.

De ahí pasó a Eldorado, al nordeste de la argentina provincia de Misiones.

Cabe resaltar que dicha localidad fue fundada por don Adolfo Julio Schelm, quien había nacido en Frankfurt, por lo que no era de extrañar que en el poblado que había erigido también existiera un asentamiento importante de alemanes.

¿Cómo fue que don Rodolfo Benroth, luego de pasar por Mato Grosso y Eldorado, llegó a San Carlos de Bariloche?

Quién sabe…

benroth-04  Ni siquiera su hijo conoce a ciencia cierta el motivo, pero ensaya una respuesta: “Tal vez alguien le dijo que fuera para el sur porque había lugares muy lindos y así llegó hasta aquí”.

Bernardo cuenta que el origen alemán también viene por la rama materna, ya que sus abuelos de ese linaje eran teutones, aunque su mamá había nacido en la Argentina.

Esa parte de la familia había llegado a Bariloche desde Viedma-Patagones (donde también existía una colonia alemana).

“Yo pude vivir los últimos momentos de todos esos colonos que llegaron a Bariloche”, afirma con bastante nostalgia Bernardo.

“Mi mamá falleció en el 39”, relata. “Mi papá se instaló en un lote que había solicitado ella, que era argentina, porque él nunca renunció a su nacionalidad. Aquel terreno estaba unos mil metros arriba de la laguna El Trébol.”

“Por aquella época, los colonos inteligentes conseguían el título de propiedad por las mejoras que hacían en la zona donde estaban”, explica.

Desde su infancia, cuando la ruralidad se extendía por donde se mirara, Bernardo está enamorado del campo.

   “Qué querés que te diga… nacimos entre la naturaleza y éramos bastante campesinos. Diría que, incluso, nos mostrábamos ariscos: cuando venían visitas, tíos y primos, nos íbamos al monte y hasta que no se iban no volvíamos”, indica.

Y ahonda su comentario: “Podías ir donde se te diera la gana. Pescar, acampar, dormir… era una maravilla”.

Para que no queden dudas, expresa: “Vivíamos dentro del bosque”.

Hoy mira ese pasado con ojos cargados de añoranza.

Le da bronca que haya zonas alambradas donde un barilochense no pueda pasar a la costa.

Le molesta sobremanera el estado del lago (“Hace años que recibe agua contaminada”, señala).

Cuestiona el modernismo que lleva al aislamiento (“Las viejas familias de Bariloche eran muy solidarias”, afirma).benroth-05

Cuando enfrenta aquel ayer con el presente, los días pasados brillan con el lustre de lo que es imposible volver a revivir: “Duele ver la Bariloche actual, porque se desperdiciaron oportunidades, esto está muy mal manejado, es un desorden total… Antes disfrutábamos de la libertad, veíamos flores, pájaros, podías tomar agua de cualquier lado, cosa que ahora es imposible… había muchísimos frutillares, una gran fauna, la cantidad de peces que tenía el lago era algo fabuloso…”.

Compara aquellas jornadas de confianza pueblerina con las fechas que corren, de una inseguridad que, si bien lejana a la que ataca inclemente en otras zonas del país, también se aprecia en Bariloche: “No podés tener una plantita afuera, ni dejar una puerta abierta… Antes ibas con el auto a cualquier lado y no lo cerrabas, ahora eso es impensado. Hoy te sentís encerrado entre cuatro paredes, a la defensiva, cuidándote siempre, con miedo de que te roben”.

Se refiere al “crecimiento desmedido” que hubo en la zona, apunta a “la gran cantidad de bosques que se han talado”, pero, a su vez, admite que muchas de las cosas de las que reniega son el pago que hubo que hacer por un cambio en los estándares de vida.

Igualmente, eso no quita que evoque los viejos tiempos con un dejo de melancolía: “Antes el agua había que sacarla de un pozo o del manantial; no había gas, todo era a leña; estaba la huerta, con las gallinas… La gente se manejaba mayormente con el autoabastecimiento. Sobre todo en las chacras de los colonos, donde nunca faltó nada”.

Tanto amor por la naturaleza lo llevó, de grande, a adquirir un campo.

“Toda la familia trabajó duro y logramos comprarlo”, manifiesta.

“Fue una epopeya: hacíamos nuestro propio forraje, compramos la maquinaria para  los canales de riego, realizamos inseminación artificial en los animales…”

Tanto esfuerzo trajo muchas satisfacciones, hasta que llegó la ceniza volcánica. “Ahí se vino todo abajo”, sentencia.

“Entre eso y los años de sequía, quedamos muy mal”, asevera.

Pese a todo, se muestra positivo: “Más allá de los inconvenientes, lo estamos levantando”, afirma.

Es que el amor por la naturaleza lo lleva incrustado en el alma.

Por eso no suena exagerado cuando suelta: “Lástima que el campo no lo puedan levantar con una pala y meterlo, cuando me vaya, junto al cajón, sino pediría que lo hicieran”.

Si bien se define como “jubilado”, y ya no va a su campo a trabajar, en el pasado no dudaba en meterse entre los pastizales para llevar adelante las labores más duras: “Me decían ‘el rey de la pala’, mi herramienta preferida”, relata. “Pero así, por hacer labores fuertes, fue que llegaron los infartos… Tuve dos, y ambos me agarraron trabajando. Pasé el primero y, por largar los remedios, llegó el segundo. Terminé en el Hospital Británico, en Buenos Aires, con cuatro baypass y una manguerita con oxígeno. Eso fue hace veintidós años, y todavía estoy acá…”

***

   Aunque su pasión por el campo hace que se explaye sobre el tema, lo cierto es que este hombre es reconocido por llevar adelante la marca de chocolates que lleva su apellido.

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¿Cómo fue que alguien tan apegado a la ruralidad abrió una chocolatería?

Así lo explica: “Una vez que terminabas el primario no existían opciones. No te decían ‘andá a trabajar’, pero había que hacerlo. Estuve un tiempo en un almacén ubicado en Llao Llao, y luego apareció una vacante en la confitería Tribelhorn, en Mitre y Beschtedt, que era de un suizo. Era como si fuera el club del pueblo, iban todos”.

“En el 56 hice el servicio militar”, continúa Bernardo. “A partir de ahí trabajé dos temporadas en el hotel Correntoso, de los Capraro, y dos en el hotel Catedral, que en aquella época eran los mejores. Me casé, compré un terrenito, hice mi casa… Un día apareció don Aldo Fenoglio y me ofreció un puesto. Estuve cinco años con él. Era un señor, un italiano serio, pero con gran alma, muy correcto. Luego me independicé. Entre las temporadas, comencé a levantar este lugar. Armé un horno y empezamos con pastelería, hacíamos pan dulce… Fue un desastre (ríe). Tenía diez mil pesos ahorrados, y se fue todo… Don Aldo me decía: ‘Vendé chocolates, que te va a ir mejor’. Él me dio una ayuda extraordinaria. Así empezamos. Y siempre trabajamos en familia.”

***

Me despido de Bernardo.

Antes de irme, una de sus hijas, Silvina, que atiende en el local, me obsequia una caja con productos Benroth.

Un rato más tarde, mi hijo de cuatro años abrirá ese envase como si se tratara de un cofre con un tesoro, se llevará un bombón a la boca y, tras degustarlo, dirá: “Papá, ¡este es el mejor chocolate del mundo!”.

 

Gracias, Anita Benroth, por facilitar la realización de esta entrevista

 

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